lunes, 21 de septiembre de 2009

¡Eso es imposible!


Unos minutos antes de medianoche dejé mi maleta en el portaequipajes de aquel autobús. La estación no podía estar más vacía. Las risotadas de dos indigentes sentados en un bordillo mientras se emborrachaban con vino tinto de caja y el ronroneo cascado del motor del vehículo era lo único que se oía. Y lo único que se escuchaba en mi pensamiento era todo lo que aún tenía recorrer: otro autobús más, un avión y un par de trenes me llevarían hasta Halmstad, la ciudad universitaria en el sur de Suecia donde el bueno de Edu iba a pasar un año de Erasmus.
Creía que haría todo el viaje solo. O al menos eso pensaba.
-Tú eres de España, ¿no?-me preguntó en Dinamarca un hombre de unos treinta años bien parecido a Obélix.
-Sí, ¿cómo lo sabes si no he abierto la boca?
-En tu maleta pone Iberia.
-Sí, soy de Pamplona.
-¡Pamplona! ¡No puede ser! ¡Eso es imposible!
-Sí... de Pamplona
-¡Joder! Que yo soy de Tudela.
En apenas cinco minutos, ya sabía casi todo de Carlos. Tudelano, 32 años, y doctorando en Historia medieval en Finlandia. Lástima que sus consejos sobre los trenes que debía tomar no fueran tan buenos como su conversación y sus miles de anécdotas. Cómo conseguí llegar hasta Halmstad... eso es otra historia.

viernes, 18 de septiembre de 2009

"Ahora sé leer"

“Era analfabeto, ahora sé leer y enseño a los niños en la escuela. Mi hijo irá este año a la Universidad”. De pie, y mientras apretaba con las manos las cuentas de un rosario, Hamid, un agricultor de unos 40 años, contaba con la mirada fija en una pared blanca desconchada cómo le ayudaron en RDT (Rural Development Trust), el nombre indio de la Fundación Vicente Ferrer. “Ahora, cuando voy al pueblo, puedo leer el cartel del banco y si tengo que firmar algún papel, sé lo que es”. En la puerta de la escuela, una decena de niños de entre 5 y 6 años se han agolpado para observar expectantes la escena. Pese a la diferencia de edad, todos comparten la casta: ‘los intocables’, la clase social más baja de la India. Son los grandes marginados, personas consideradas demasiado impuras para ocupar un puesgo digno en la sociedad. Los intocables son insultados, expulsados de los templos y obligados a comer y a beber con utensilios distintos en los lugares públicos. Por eso, cuando se le pregunta a Hamid por qué aprendió a leer y a escribir, lo tiene claro: "La educación me hace un poco más libre".

jueves, 17 de septiembre de 2009

No estamos solos, juntos venceremos





Nunca me había sentido tan pobre como cuando conocí la India de la mano de la Fundación Vicente Ferrer. La India no es un país. Es un continente con un potencial de riqueza excepcional, donde aún existen zonas y estratos de una pobreza abrumadora. Un país de intensa espiritualidad y de violentísimos conflictos sociales, políticos y religiosos. Un país de santos como Gandhi, Aurobindo, Ramakrishna, Vivekananda, y de responsables políticos a veces odiosamente corrompidos. Un país que fabrica cohetes y satélites pero en el que ocho habitantes de cada diez no se desplazan más que al paso de los bueyes que tiran de carretas. Un país de una belleza y de una variedad incomparables, y también de horribles visiones como los barrios de chabolas de Bombay o de Calcuta. Un país donde lo sublime se codea a menudo con lo peor, pero en el que lo uno y lo otro son siempre más vivos, más humanos que en cualquier parte del mundo. Esta es la India que conocí, la misma que vivió el padre Paul Lambert, uno de los protagonistas de La Ciudad de la Alegría, y la misma que refleja la película Slumdog millionaire.





Después de tres días de viajes, había llegado con María a Anantapur, la región más pobre de la India. Entramos en uno de los colegios que la Fundación ha creado para atender niños cualquier tipo de discapacidad. Costaba creer lo que el responsable del proyecto nos contaban. En la India un discapacitado se considera un castigo de Dios: sus familias los arrinconan y apenas les alimentan porque reservan la comida para los hijos que sí pueden arar el campo, recolectar el arroz u ordeñar a las vacas. Incluso en ocasiones, los padres arrojan a sus hijos a un pozo para terminar con lo que ellos consideran una incómoda situación. Y las autoridades, no dirán nada. Aún recuerdo el nudo que se me hizo en la garganta cuando un niño de unos 30 niños ciegos cantó una canción en perfecto español: " Juntos venceremos un día, no tengo miedo porque mi corazón me hace rebelde, Juntos venceremos. No estamos solos, Dios está conmigo, juntos venceremos y seremos libres algún día".

La Habana, la fascinación fulgurante


Aquella tarde, al anochecer, descubrimos La Habana. Quique subió hasta la habitación para pedirme que le acompañara para buscar la calle P número 42, 3ºA. Él, a diferencia del resto, sí sabía a quién dejar la bolsa con medicinas que había preparado. Lalo también venía con nosotros. Antes de empezar a buscar la casa de una tal Ángela, una conocida de los padres de Quique, recorrimos el Malecón, donde mientras las olas chocan con fuerza contra las piedras, las jineteras regalan sus cuerpos a las sabandijas. Como palomas hambrientas que buscan unas migajas, lo mismo que hacen miles de cubanos día sí y día también, empezamos a perdernos entre las calles preguntándonos si estábamos seguros. En La Habana los perros apenas tienen árboles o faroles en las que apoyarse para mear y los habaneros no lo tienen menos fácil en una ciudad abandonada a su suerte. A cada paso, una piedra se despega del asfalto y se te mete entre las sandalias. Pero no pasa nada: en La Habana se va despacio. Sin apenas coches, ni semáforos, sólo queda caminar. Se deambula con parsimonia porque no hay nada que hacer, nada que comprar. Tan sólo queda escuchar las arengas del Comandante. Y por supuesto, se marcha despacio para no malgastar las energías. Así es La Habana por fuera. Por dentro, casas amuebladas con palés de madera que hacen las veces estantería y poco más. Así era la vivienda de aquella señora a la que Quique, con un trozo de papel en una mano y la bolsa en la otra, le preguntó si sabía llegar a la calle P número 42, 3ºA. Su respuesta fue dejar de racionar los frijoles y e el arroz, su única comida, lo único que comen y nos indicó cómo llegar. Como tres sombras en la penumbra llegamos al inmueble. Le daríamos a Ángela las medicinas, un sobre con cien dólares, lo que gana un cubano en un año, y ella sonreiría porque la suerte también le había sonreído. Entonces, nos daría las gracias y nos iríamos. O eso pensábamos. Golpeamos la puerta con los nudillos. Una vez. Dos veces. Tres veces. Nadie: sólo un perro que ladraba y arañaba la puerta con sus pezuñas. Después de caminar durante dos horas no había nadie. Lo único que pudimos hacer es meter el sobre con los cien dólares por debajo de la puerta. Aún me pregunto si el perro se los comió o Ángela solucionó su vida durante una buena temporada.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Cosa de dos


De profesión vagabundo


Donde todo empieza


Misticismo



Me he equivocado. Lo reconozco. Empecé asumiendo mi culpabibilidad por haber tomado prestado el término 'viajes con alma' y ahora he de entonar el 'mea culpa' porque para que el alma viaje no es necesario dar un solo paso. Me lo demostró Sor Piolet, guardiana del monasterio de Zamarce, y me lo confirmó Felipe Ipas, ermitaño del monasterio de la Virgen de Idoia. Sus vidas, dedicadas a la oración, son un continuo viaje del alma. ¿Y por qué a la hermana Guadalupe le llaman Sor Piolet? Esa es otra historia. Y con alma, por supuesto.

Junto a estas líneas, Felipe Ipas, ermitaño de Isaba.

Los 'viajes del alma' a través de la religión es una constante en toda las culturas y tiempos. A la izquierda, una mujer reza en una mezquita de Estambul, Turquía.










Cuando el alma también viaja



Lo reconozco. Soy un ladrón. El término 'viajes con alma ' no es mío. Se lo he escuchado en más de una ocasión al bueno de Ander Izaguirre, un gran aventurero y un excelente periodista. Hay viajes en los que el cuerpo descansa y la mente deja de trabajar por unas semanas para las obligaciones cotidianas. Este tipo de salidas se suelen olvidar rápido. De ellos quedan postales o el recuerdo de un helado de chocolate al atardecer. En cambio, hay otros que nunca pasan. Son los auténticos viajes, los viajes del alma. Te cambian para siempre. De esto va este blog. Bienvenidos.